Así se portan Colombianos en el exterior


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Encontramos este reportaje de un Colombiano en Argentina y miren lo que le ha pasado y como se comportan otros en países extranjeros, por culpa de algunos que no saben convivir sanamente, estamos siendo juzgados todos y así es como se cierran muchas oportunidades; como le pasó a @andresolarte con el apartamento.

Debido a que debo mudarme del lugar en el que vivo actualmente, en la ciudad de Buenos Aires, emprendí una búsqueda de departamentos en ciertas zonas de la hermosa Capital Federal argentina. Una tarea que es ardua, y más para los pobres como yo que no que no podemos pagar decenas de miles de pesos argentinos cada mes por concepto de alquiler por un departamento lindo en una buena zona de la ciudad de la furia. En una de las páginas en las que los propietarios publican los anuncios de viviendas, con fotografías para que las personas interesadas como yo los conozcamos y el proceso de entrega de información sea más corto, encontré un lugar acorde a mi presupuesto y necesidades, por lo que me contacté de inmediato con el propietario y entablamos conversación a través de un teléfono móvil.

Tras saludarnos y escuchar lo que el señor me comentaba acerca de su propiedad, con toda la calma del mundo y con un tono de voz muy amable, ocurrió lo que les voy a comentar a continuación.

Propietario del departamento: Dígame una cosa, señor Olarte, ¿es usted colombiano?

Yo: Sí, señor, soy de Bogotá.

P: Lo noté por la tonada que, por cierto, es hermosa y puedo identificar fácilmente. Y eso que nunca he ido a Colombia. Pero volvamos al tema que nos concierne. Déjeme decirle, señor Olarte, que por el momento seguiré en la búsqueda de un locatario para el departamento. En todo caso, por supuesto, le agradezco por haberme contactado y le pido excusas por no haber podido llegar a un acuerdo para que usted pudiera alquilarlo.

Y: ¿Acuerdo? Pensé que cumplía con todos los requisitos que usted exigía en el anuncio. Realmente estoy interesado en el departamento, don Gastón, pues la ubicación, el precio y los servicios que presta son exactamente lo que busco. Es un lindo lugar para vivir y, sinceramente, no me gustaría perder esta oportunidad.

P: Sí, señor Olarte, pero son cosas que se salen de mi control.

Y: ¿Qué cosas?

P: Algunos temas. Pero no quiero que lo tome como algo personal, por favor.

Y: ¿Qué temas? ¿Necesita algo más para que podamos firmar el contrato?

P: Señor Olarte, usted y yo sabemos en qué momento se cayó el negocio. No es necesario que sigamos con esto.

Y: Supongo que en el momento en que le dije que soy colombiano. ¿O me equivoco?

P: Está usted en lo cierto. Ahora, con su permiso debo cortar la llamada…

Y: Un momento, don Gastón, no estoy de acuerdo con que por mi  nacionalidad no se pueda realizar un negocio. Me parece que usted me está discriminando por ser colombiano y eso, con todo respeto, es estúpido y miserable.

P: Señor Olarte, por favor, no quiero que tome las cosas así…

Y: ¿Y cómo quiere que las tome, don Gastón?

P: No es nada personal, señor Olarte, ya se lo dije anteriormente.

Y: Claro que es algo personal porque acá solamente estamos hablando usted y yo. No hay terceros.

P: Pero, señor Olarte, yo a usted no lo conozco. Simplemente me estoy dejando llevar por mis experiencias pasadas con colombianos acá. No es nada en contra suya, por favor…

Y: ¿Experiencias pasadas con colombianos? ¿Y yo que tengo que ver con eso, don Gastón? Me parece que esto es una arbitrariedad.

P: Señor Olarte, escúcheme con atención, por favor, para que entienda las razones de mi decisión. Hace cuatro años le alquilé una casa ubicada en Núñez a un par de paisanos suyos, una muchacha de apellido Ospina, su pareja y un amigo. Todo era un acuerdo de palabra, porque antes no creía mucho en los contratos. Cosa que cambió con el tiempo y gracias a situaciones como la que le voy a comentar. En principio todo se manejó muy bien con ellos, e incluso me encantaba pasar a buscar el dinero del alquiler porque siempre me daban una taza de café Juan Valdez, que es delicioso. A los 6 meses, aproximadamente, y por culpa de la inflación, tuve que realizar un incremento en el canon de alquiler; siendo esto algo con lo que ellos no estuvieron de acuerdo en ningún momento. Ellos me decían que en Colombia los aumentos se hacían solamente en enero y no también a mitad de año. Además decían que ellos eran estudiantes y que este incremento en el precio de la renta los iba a afectar pues, por sus horarios de clase, no habían podido enganchar un buen laburo. Yo, entendiendo su situación, decidí bajar el aumento casi en un 50 %. Pero ellos, aún así, no estuvieron de acuerdo, por lo que en definitiva decidimos que lo mejor era que ellos desocuparan la casa el próximo mes. Y así fue, lo hicieron. Solo que antes de irse, sin despedirse ni nada de eso, arrancaron de la casa la taza del baño, los cajones de la cocina y hasta un marco de ventana se llevaron. ¡Una locura!

Y: Por supuesto, don Gastón, pero me parece que no se puede quedar con esa imagen tan perversa y vandálica de los que tenemos pasaporte colombiano. ¿No cree?

P: Es que no lo hice, amigo mío. Mi señora y yo pensamos lo mismo que usted, por lo que decidimos probar nueva suerte con otros colombianos. Nosotros teníamos un pequeño restaurante en Belgrano. Algo chico. Solamente teníamos como personal contratado a un par de mozos y un encargado, porque el restaurante estaba abierto 16 horas y no podíamos estar todo el tiempo allá mi señora y yo. El caso es que hace, más o menos, dos años decidimos contratar a un par de mozos colombianos que llegaron un día al restaurante a dejar sus currículos, sin importar que no estuviéramos en la búsqueda de personal nuevo. Lo hicimos porque nos pareció una actitud ejemplar. A veces los argentinos caemos en el error de esperar a que las cosas nos caigan del cielo y así no funciona el mundo. Las cosas se deben buscar y eso fue lo que ellos, un muchacho de Medellín y otro de Manizales, hicieron. Los contraté y, sinceramente, no podía estar más contento con ellos porque los clientes vivían encantados con la forma en la que ellos, con todo el carisma que ustedes tienen, los atendían…

Y: ¿Ve, don Gastón?

P: Pero es que ahí no termina la historia, señor Olarte. Déjeme término de contarle qué pasó. Un día, a eso de las 2 de la tarde, recibo una llamada de la Policía Federal que me pedía que fuera de inmediato al restaurante, porque uno de mis empleados había atacado con un cuchillo al otro en el interior del local. ¿Quiere adivinar quién atacó a quién? Pues imagínese, amigo mío, que uno de los muchachos colombianos tuvo un inconveniente pequeño con el encargado del local, que era un ahijado mío, mendocino, que sacó de casillas a su compatriota. ¿El saldo? Una puñalada en la cara de mi ahijado que, por poco, le hace perder uno de sus ojos; y su compatriota privado de la libertad por un año, hasta donde sé. Ah y, por supuesto, el restaurante cerrado. Perdimos a todos los clientes, pues el escándalo se dio a conocer en toda la zona, y ya sabe usted como es la gente con los prejuicios. Seguramente mis anteriores clientes pensaban que por entrar a comer ahí iban a salir con un tiro en una pierna o un cuchillo clavado en la espalda, o qué sé yo.

Y: Increíble esta historia, don Gas…

P: Más que increíble es dolorosa. Por eso, señor Olarte, no me quiero volver a involucrar en ningún tipo de relación de negocios con algún colombiano. Probablemente estoy siendo, ¿Cómo fue que me dijo?

Y: Arbitrario…

P: Eso. Pero es que prefiero quedarme con lo bueno que me ha dado Colombia y no seguirme llenando de experiencias negativas con personas de su país. Soy hincha de Boca, ¿Sabe? No me podré olvidar nunca de Córdoba, Serna, Bermúdez, Vargas. ¡Cómo jugaban esos muchachos a la pelota y lo feliz que me hicieron! Por eso, en realidad, prefiero que usted y yo sigamos buscando con quien cerrar un trato. Ya está. Espero que entienda que esto no es algo en contra suya.

Y: Tiene razón, don Gastón. Le agradezco por haberme contado este par de historias que, en  cierta medida, no me sorprenden. Espero que tenga una buena tarde. Un abrazo.

P: No, por favor. Quiero que me disculpe por haberle quitado todo este tiempo, pero creo que era importante que viera que no es una cuestión de xenofobia sino de algo que, como pasa siempre, es culpa de dos o tres flacos que manchan el nombre de una ciudad o un país para siempre en la cabeza de las personas. Chau.

Así fue como finalizó nuestra conversación, mientras yo quedaba perplejo al otro lado del teléfono.

Les comparto esto para que podamos entender que la culpa de nuestra “mala fama” a lo largo y ancho del planeta no es solamente culpa de Pablo Escobar o de las telenovelas, series, libros y películas de narcotraficantes colombianos que se venden como pan caliente alrededor del mundo, sino que cada uno de nosotros es el encargado de dejar en alto o por el piso su nombre propio y el de todo un país.

Fuente: Las 2 Orillas 

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