Noticia: ¿Usted se ha preguntado que sucedería “Si la marihuana fuera legal”?


Habiendo pasado el día donde se celebró el “4:20”, compartimos una crónica publicada por Cartel Urbano. De trata de una crónica encabezada con la frase “Si la marihuana fuera legal…”, una frase que por mucho tiempo ha estado en boca de consumidores y no consumidores para comenzar tertulias, y diferentes conversaciones.

Publicado por: Cartel Urbano

SI LA MARIHUANA FUERA LEGAL…

Un activista a favor de la legalización se imagina cómo sería un día  en Bogotá si la hierba de la discordia no estuviera prohibida. Crónica futurista con olor a maracachafa. 
Por Daniel Pacheco
Ilustración: Carolina Gamboa
Aspiré profundo, aguanté el humo y exhalé. La imagen de un gran sembrado de marihuana en las montañas de Corinto (Cauca) me llenó la cabeza. Caí en cuenta de que era la misma foto que ha salido publicada en la portada de infinidad de diarios y revistas del mundo entero: matas de dos metros junto a sonrientes campesinos de la Cooperativa Indígena de Cannabis del Cauca (Cicac). “La primera cosecha legal de marihuana en América Latina”, tituló The Economist un artículo de su edición de mayo.
–¡Por fin probó bareta sin orines de jíbaro! –me dijo mi amigo Alf.
Solté el humo. Tosí. Escupí. Nos reventamos de la risa.
Hace más de una década, en épocas de prohibición, vivíamos convencidos del mito de que los jíbaros orinaban la yerba para prensarla.
No me veía con Alf desde el 2004, cuando “parchábamos” en el jardín de Freud de la Universidad Nacional.
La bareta que fumamos hoy, en este viernes lluvioso del 2021, viene precisamente del Cauca, del sembrado a gran escala más célebre de los nueve autorizados por la Ley de Regulación de la Marihuana, aprobada por el Congreso en diciembre del 2019. Conserva su nombre de calle, “Punto Rojo”, y fue la que me recomendó la gorda que atiende el punto de distribución de cannabis (PDC) de la 86 con 14, donde me encontré hace un rato con Alf, que se estaba trabando después de salir del trabajo.
En Bogotá hay más de 30 puntos de distribución de cannabis, o “puntos colinos”, como los bautizó cariñosamente el Movimiento Pro Legalización. Todos los PDC están ubicados en zonas donde antes funcionaban ollas. Para mitigar el incremento del consumo tras la nueva ley de regulación, una comisión designada por la presidencia decidió que lo mejor era vender la yerba donde antes se traficaba de manera ilegal. La idea consistía en alejar a los jíbaros –ingrediente de violencia e inseguridad–, con el fin de proteger a los consumidores y ofrecerles a los adictos oportunidades de tratamiento.
El punto colino de la calle 86 es uno de los más “gomelos” de Bogotá. Funciona en un local a media cuadra de la carrera 15. Sobre la fachada, un aviso institucional, con logos de la presidencia y de la alcaldía, dice: “PDC Virrey. Horario de atención: Lunes a sábado / De 12:00 m. a 8:00 p.m.”.
A la entrada, un policía bachiller me abrió una pesada puerta luego de pedirme la cédula y requisarme. Unas ventanas polarizadas me impedían ver lo que sucedía adentro.
Entré a una sala de espera con filas de sillas de plástico que miraban hacia una puerta en el fondo. Cogí un papel con un numerito. Varios grupos de jóvenes con ropa de marca miraban sus celulares, hablaban entre sí y reían ansiosos mientras llegaba su turno.
Se abrió una ventanilla de metal y apareció la cara de una señora que llamaba, uno por uno, a los fumadores. Cuando me llegó el turno, pasé a un cuarto pequeño y sin ventanas. A pesar del extractor, el olor a yerba era penetrante, hostigante. Al fondo, descansaban varias bolsas de distintos colores, llenas de moños largos sin prensar. Calculé unos 20 kilos. Frente a la señora, gorda y displicente, había una lista de precios:
 -Natural: Corito, Golden, Llanera: $200 x gramo  (máx. 20 g).
 -Hidropónica: Paisa Haze, Calidosa, Capital Heights: $1000 x gramo (máx. 8 g).
Veinte gramos es la dosis máxima que se puede comprar en 24 horas. El que quiera más debe registrarse en el sistema de usuarios en riesgo. La gorda me pidió que me subiera la manga de la camisa y me estampó en el antebrazo un sello con la fecha de hoy: 5 de julio de 2021.
Con 20 gramos se arman cinco buenos baretos, que en mi caso por lo regular me duran semana y media.
–¿La va a llevar, o sigue al patio? –me preguntó la funcionaria
mientras sacaba de una bolsa inmensa la marihuana para pesarla.
En casi todos los puntos existe un lugar para fumar. En los del norte, como éste, o como el de la Pepe Sierra, incluso prestan –por una módica suma adicional– un vaporizador con boquillas desechables para no inhalar humo dañino.
Pasé al patio, y entre las bocanadas gruesas de unas 20 personas, al fondo, vi a Alf sentado en un tronquito. Estaba al lado del policía que cuida que nadie esté bebiendo.
Nos abrazamos, pegamos el bareto y recordamos los tiempos del orín de jíbaro y de las tardes arreglando el mundo en los prados de la universidad.
Hoy, Alf sigue igual de flaco, tiene los dientes igual de torcidos, y a pesar de que en la piel ya se le dibujan las marcas del tiempo, continúa con el mismo ímpetu de su juventud contestataria. Sin embargo, explica un poco apenado, está trabajando de profesor de inglés en un “validadero” a dos cuadras de acá.
Acabamos de salir del PDC. En la calle, caminamos despacio, tranquilos, sin voltear la cabeza cuando suena una moto, sin paranoia, sin la bareta encaletada en los calzoncillos. Nos sentamos en la mesa de una terraza junto a la calle, pedimos cerveza y prendemos un porro.
–Después de la legalización, quedé decepcionado porque todo sigue más o menos igual –me dice Alf–. No sé, yo pensaba que esto sería revolucionario, que la gente se iba a volver más inquieta, que íbamos a quitarles el país a los militares y a los policías, que la contracultura y el arte remplazarían a los medios masivos.
Mi reflejo de activista pro legalización se activó de inmediato, y comencé a recitar lo que ya parecía un evangelio.
–Coma mierda, Alf. Tres mil trabajos directos en zonas donde antes
reinaban narcos y guerrilleros, una disminución de presos del 5%, reducción del crimen en las ciudades, mil veces menos persecuciones a los jóvenes, no más UPJ ni baño de CAI, y eso sin contar lo que todo esto significa en plata para el Estado. Sólo con legalizar la marihuana.
–Sí, yo sé, toda esa vaina suena bien –me replicó–, pero yo le hablo es de lo que uno ve en la calle, en el país, en los barrios: la desigualdad, el desempleo, las élites… Se legalizó y todo sigue normal.
–¿Y qué quería? Es sólo bareta –le digo.

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